Quienes vivimos en primera persona el Festival da Canção del año pasado notamos una extraña sensación de despedida. Por primera vez noté en las caras del equipo del festival luso cansancio y, lo que es peor, hastío. Una sensación general que nos confirmaban fuera de micrófono y en la que la cuestión del boicot no era más que la gota que colmaba un vaso que ya estaba al borde de derramarse.
El final de ciclo estaba presente en el ambiente y estaba claro que no era por desgaste de los trabajadores de RTP, sino que es una cuestión que, al más puro estilo futbolístico, venía de los despachos. Tensiones que estaban presentes por todos los pasillos de la sede lisboeta mucho más allá del Canção.
Y lo que temíamos ha llegado. Una nota de prensa fría y con un logo que nada tiene que ver con la tan aclamada línea gráfica del Canção a la que estábamos tan mal acostumbrados. Adiós a las invitaciones directas a compositores, adiós a las semifinales, adiós a un universo gráfico sin igual y… ¿adiós al galopinismo?
Siento cierto temor a volver a los tiempos de los compositores más eurovisivos en el peor sentido del término, al regreso de las absurdas batallas de divas, a lo peor de la música festivalera que tanto gusta a la desagradecida comunidad eurofán portuguesa. Temor a que los malos, una vez más, vuelvan a ganar la batalla.
Por otro lado, confío mucho en que lo aprendido en esta década gloriosa no se cuele por el sumidero tan fácilmente y que, como ya hiciera el mismo Canção en tiempos de dictadura, se consiga colar por la escuadra canciones que nos sigan emocionando y haciendo creer que el Canção es el mejor festival de la historia. Un festival que ha marcado literalmente la historia de un país y que, en lo personal, me ha hecho disfrutar de Eurovisión como nunca.
Pase lo que pase, el Canção escribirá una página más de su larga historia.

