Un año más, tenía que llegar el que llevaba siendo, desde hace veinticuatro años para mí, el sábado más especial de mayo y, probablemente, de todo el año: el sábado de la final de Eurovisión.
Hoy se agolpaban muchos sentimientos, muchos nervios, mucha ilusión y, algo que poca gente entiende, cierto sentimiento de pena y de morriña porque llegaba a su fin. ¿Cómo puede darte pena que termine algo que has estado esperando durante un año entero? Es una gran contradicción que, si no eres eurofán, poco puedes hacer por explicar.
Uno es eurofán los trescientos sesenta y cinco días del año. Un año que, por supuesto, empieza el 1 de septiembre, cuando cualquier canción puede acabar en mayo representando a cualquier país, y que enciende su gran máquina en diciembre con la preselección de Albania.
Desde ese momento, es un no parar: desvelar canciones, descubrir artistas, tener preselecciones pendientes de escuchar y, como buen eurofán de pro, ranquearlo todo. Por supuesto, con eurodramas menores, mayores… En definitiva viviendo momentos para el recuerdo.
Teníamos nuestras peleas, nuestros bandos: los que apoyaban a muerte a una diva, con un buen chorro de ventilador haciendo volar el vestido de tul y su cara de femme fatale; los que tiraban por el folclore, por lo más étnico y representativo del país, para quienes una canción en inglés se atragantaba; los que amaban lo alternativo, lo raro, lo diferente, donde siempre se cuestionaba si aquello era música o ruido; los rockeros; los cortavenas de baladas desgarradoras…
Carta de despedida a ti, mi querido y amado Festival de Eurovisión
Tantos tipos de eurofans como technicolours, como decía Montaigne.
Cuando llegaba mayo, personalmente veía más a Vicente Rico que a mi propia familia. La prensa especializada, la que ama y cuida el festival, tenía acceso a todos y cada uno de los ensayos. Veíamos cómo una candidatura iba a brillar por sorpresa o, por el contrario, cómo teníamos dramita. Qué tiempos aquellos, cuando lo imaginábamos todo a través de las palabras que nos decían y de lo poco que se filtraba.
Estas dos semanas puedo afirmar, sin ningún tipo de duda, que eran mi momento más feliz del año. Disfrutaba como un auténtico enano, viviendo esa montaña rusa de emociones.
¿Cómo no íbamos a estar tristes el domingo después de la final de Eurovisión? Era un no parar de sentir las veinticuatro horas del día, como decía aquella mítica gran hermana.
Eurovisión siempre —repito, SIEMPRE— ha sido política. Ha sido un escenario para dar voz a muchas cosas, a muchas reivindicaciones, a momentos muy importantes en cada país. Sirve para que, un sábado al año, una persona que vive en un pueblo de Albacete sepa que existe San Marino y, más o menos, pueda situarlo en el mapa. Eurovisión es visibilidad para muchos países un día al año; visibilidad para ser visto por toda Europa y, por supuesto, para muchas personas del mundo. Y aprovecha los tres minutos lo mejor que puede.
No sé en qué momento empezó a torcerse todo, en qué momento comenzó a descontrolarse y cómo algo dentro de mí empezó a llenarse de niebla. Una niebla a la que no quería hacer caso y que, cuando me di cuenta, lo había cubierto todo por dentro.
Eurovisión fue mi tabla de salvación en una adolescencia marcada por el bullying y por sentimientos muy autodestructivos. Helena Paparizou al ritmo de una lira, Ruslana con aquellos bailes que reventaron el escenario eurovisivo de manera literal o Sertab Erener, que me dejó hipnotizado con sus coreografías —ahora llamadas dance break—. Esos momentos eran paz para mí. Mi cabeza estaba en Eurovisión, en maravillarme con todo. Y sentir que estaba en un lugar seguro, me hacía sentir tan feliz…
Si no hubiera aparecido Eurovisión…
Pero ya la victoria de Ucrania no me pareció justa. Entiendo el apoyo solidario, entiendo el gesto de Europa. ¿De qué sirvió? De nada. Aunque resulte cruel decirlo, no jugaba en igualdad de condiciones y por tanto, no debió de participar como si no pasara nada. Un interval en la final era (para mí) a solución perfecta.
Y luego llegó el remate con Israel…
La final de Eurovisión 2024 la viví, en los momentos previos, como un funeral. Parecía la crónica de una muerte en directo. Se salvó todo por los pelos. En 2025, no disfruté las votaciones. Solo miraba y contaba los puntos de Israel. No me cabreé como debería por el cero a Suiza. Celebré la victoria de Austria, como podía celebrar la de Kuala Lumpur.
Pero mientras veía a JJ cantar, ahí, en ese preciso momento, me di cuenta de que mi Eurovisión ya no era ese. Hablábamos de países que salvaban el festival y no de ganadores. Para mí gusto, una falta de respeto al artista que se alzaba con el micrófono de cristal.
Soy una persona a la que no le gustan las trampas ni el juego sucio, aunque esté jugando al parchís. Por eso, ver cómo se incumplen las normas y cómo un país monopoliza tu gran pasión lo enturbió todo, lo destrozó todo. Porque la política siempre ha estado, pero la música era el centro, había cierta inocencia y el eurofandom era refugio.
La gente empezó a posicionarse. Amistades que había forjado se rompieron. Todo era blanco o negro. Los insultos en redes, los locals metiendo cizaña en un tema que para ellos siempre había sido motivo de burla y para nosotros de unión… Un clima asfixiante que, personalmente, me afectó mucho, como a tantos otros. Nuestra familia estaba rota.
Me convencí a mí mismo de que Israel no podía ganarme la batalla a mí gran afición, a la afición de mi vida y este año seguí alguna preselección. Cubrí alguna para ESCPlus.
Os juro que intenté salvar un barco que estaba completamente hundido.
A pesar de todo, seguía intentándolo, aunque no supiera exactamente qué estaba intentando salvar. Pero noticia tras noticia sabía lo que venía. Sabía que todo iba a seguir igual; probablemente, peor.
Y cuando una relación es tan intensa como la que se tiene con un amor de veinticuatro años, el final acaba siendo tóxico, doloroso y, sobre todo, muy difícil de soltar.
Hoy entiendo y apoyo la decisión de RTVE. No la cambiaría. Pero no puedo presumir de que Eurovisión me da igual, porque os mentiría. Me duele no tener mi momento de felicidad, mi escalofrío de todos los años.
Y esta semana he llorado mucho, preguntándome si alguna vez volveré a sentir esto con Eurovisión o si ya es algo que no tiene marcha atrás. Encima teniendo un peque que empezaba a sentir Eurovisión por su cuerpo, con una mirada que conozco bien. Porque es la misma que mi yo de 2002 dejándome embrujar a ritmo de «I Wanna».
Esto afecta directamente a mi relación con ESCPlus.Hoy pongo un punto —no sé si final o aparte— con ella. He compartido espacio con personas maravillosas. Me he sentido apoyado, querido y valorado. Y me han dado el mejor sueño que cualquier eurofán puede desear. Los directos del Benidorm Fest, el ensayo de Chanel, la casi electrocución de Cornelia…
Permitidme una mención especial a Hugo, que tanto me ha reñido, pero más me ha enseñado. Y lo generoso que ha sido con sus artículos, mr.audencias por derecho propio y su curro detrás; a Cris, que todo lo que tiene de alto lo tiene de trabajador y buena persona. (Y lo digo porque mide tres metros de forma aproximada, imaginaros lo bueno que es) Qué amigo tan estupendo me ha regalado esta experiencia… Castellanos y eurofanes, eso no lo separa nadie.
Ojalá volvamos a vernos todos, todas y todes, con las mismas ganas y la misma fuerza.
Y suerte a todos los que se quedan. Os aseguro que no es fácil esta situación en un medio eurofán. Pero ESCplus se queda en buenas manos.
¿Mi deseo para hoy?
Que gane Israel.
Que de verdad salte todo por los aires y que ya no valga ponerse de perfil. Un Eurovisión con Israel como anfitrión nos dará una idea de cómo puede verse todo a futuro. A veces las cosas no mueren: simplemente dejan de pertenecerte de la misma manera. Quizás no estemos intentando salvar Eurovisión, estamos salvando un sentimiento.
#SerEurofanNoEsFacil en la vida, pero desde hace unos años es un auténtico deporte de riesgo.
Y si me preguntáis cuál es mi plan para hoy: me voy a ver Eurovisión 2014, que para mí es el mejor festival de la historia. Porque me enseñó un lema de vida que llevo tatuado para siempre:
“Aunque llueva y nos mojemos, no pararemos de bailar”

