La prova generale de Sanremo 2026 deja una imagen bastante definida de lo que puede ser esta edición: un festival donde la balada vuelve a ser el centro del mismo (con muchas variantes, casi todas correctas), pero donde la noche se reconfigura cada vez que alguien cambia el ritmo con teatralidad, groove, ironía o riesgo escénico. Hay oficio a raudales, canciones diseñadas para emocionar con garantías… y un puñado de propuestas que, sin necesidad de ganar, ya están destinadas a marcar conversación.
En conjunto, el Ariston confirma un patrón clásico: en Sanremo no basta con cantar bien. Hay que ser memorable. Y lo memorable, en una edición saturada de tempos medios, depende del contraste: la emoción auténtica destaca más cuando se escatima; el descaro brilla más cuando todo es contención.
Las baladas que buscan la catarsis (y las que la consiguen)
Arisa: la épica no irrumpe, se conquista
Arisa propone un viaje emocional de combustión lenta que encuentra su verdadero sentido en el tramo final. Parte desde una vulnerabilidad casi confesional, como una sesión de terapia cantada: la tristeza no se recrea, se procesa. El crescendo está administrado con cabeza: la épica no llega como golpe fácil, se gana.
Vocalmente está en terreno seguro, explotando sus virtudes de siempre: calidez, control del vibrato, intensidad progresiva; y reservando el golpe definitivo para un desenlace que abre la pieza a una dimensión más expansiva. Es lacrimógena sin caer en el subrayado. Hay catarsis. Y eso, en Sanremo, suele sumar.
Serena Brancale: el «momento de verdad«
Hay actuaciones que, incluso en general, se sienten distintas. Serena Brancale firma uno de esos instantes donde la sala se queda quieta. La dedicatoria personal se traduce en una interpretación técnicamente impecable y emocionalmente devastadora.
Es un baladón clásico sostenido por autenticidad. No hay personaje ni máscara: es ella. Si consigue trasladar esa emoción más allá del recinto y que atraviese pantalla, puede tener recorrido serio en lo alto de la clasificación.
Levante: vulnerabilidad con un detalle armónico que marca diferencia
Levante abre con una carga cinematográfica en lo visual, preparando el terreno para una balada íntima y emocional. La interpretación se sostiene en el rasgado vocal y en una vulnerabilidad expuesta sin artificio.
El elemento que la eleva está en la música: ese detalle armónico del estribillo, una nota inesperada que rompe la previsibilidad y aporta sofisticación. Elegante y efectista en el mejor sentido. La incógnita no es su calidad, sino si logrará destacar en un año que apunta a estar abarrotado de baladas.
Michele Bravi: fragilidad bien cantada, composición predecible
Bravi apuesta por la melancolía y por una intimidad reforzada por la orquesta, especialmente las cuerdas, que envuelve la canción y potencia el clima emocional. La interpretación transmite sensibilidad y fragilidad, pero la composición juega sobre seguro.
No arriesga en estructura ni en sonido. Es efectista y solvente dentro del universo sanremense, aunque sin chispa de sorpresa.
Mara Sattei: pausa limpia, «escuela Giorgia»
Mara Sattei construye una balada femenina limpia, con vocación emotiva y un desarrollo sin artificios. Apuesta por la desnudez vocal y una interpretación contenida que remite a la escuela Giorgia: elegancia, control, emotividad medida.
No es una pieza revolucionaria, pero cumple con solvencia y funciona como pausa necesaria entre propuestas más recargadas. En Sanremo, la sencillez bien ejecutada también tiene peso.
Leo Gassmann: solvencia y calidad vocal, pero falta «el elemento«
Piano inicial, atmósfera bien planteada y un diálogo con la orquesta que aporta textura. Leo presenta una balada joven y sentimental con interpretación cuidadosa y gran calidad vocal.
Es agradable y sólida, pero le falta ese elemento memorable que la haga sobresalir con claridad entre tantas propuestas similares.
Raf: cuento musical impecable… sin salir de su zona
Raf opta por una narrativa casi cinematográfica, con orquestación envolvente sin saturar y un aire de «cuento musical” que roza lo Disney en el imaginario. Vocalmente está impecable, magnético en presencia y control técnico.
La canción es elegante y efectista, pero no arriesga ni un centímetro: es exactamente lo que se espera de él. Ni más, ni menos.
Patty Pravo: presencia-homenaje y clasicismo de diva
Patty Pravo no baja por las escaleras: irrumpe. Su sola presencia convierte el momento en homenaje dentro del Ariston. La balada es clásica, con protagonismo orquestal marcando cada frase y aportando grandiosidad.
Ejecución impecable, propuesta segura, sin intención de sorprender. Cumple su papel con autoridad: cuando una diva pisa el Ariston, el contexto se adapta a ella.
Cuando el festival respira: rupturas, energía y propuestas que cambian la temperatura
Ditonellapiaga: electricidad real y vocación de performance
Ditonellapiaga llega con una de las propuestas más vivas y contemporáneas del festival. Actual, descarada, con vocación performativa y sin patrón previsible: cada sección empuja hacia arriba y genera sorpresa constante.
La puesta en escena es parte del discurso: momentos escenográficos pensados, coreografía integrada con sentido dramático y una presencia magnética que monopoliza la mirada. No es solo frescura: es ruptura. De esas actuaciones que redefinen la temperatura de la noche.
J-Ax: la joke entry consciente que dinamita la solemnidad
Explosión de energía en clave country-pop, estética deliberadamente exagerada y puesta en escena que abraza el estereotipo para parodiarlo. Bajo, violín, exceso controlado.
Es la joke entry orgullosa de serlo. El estribillo es pegadizo hasta el absurdo, diseñado para corearse en masa. Levanta el ánimo del Ariston y rompe cualquier solemnidad acumulada. Sabe exactamente a qué juega y lo ejecuta con precisión.
Malika Ayane: groove, cobres y ambición sonora
Malika propone una sofisticación rítmica con referencias soul, funk y ecos disco noventeros. La orquesta aquí es decisiva: cobres y cuerdas aportan cuerpo y modernidad, y el groove gana presencia tras ajustes técnicos, especialmente en el bajo.
El estribillo no busca melodía fácil, pero su timbre se impone en momentos estratégicos. Es una actuación disfrutona, cómoda, deliberadamente efectista y ambiciosa.
Samurai Jay: soplo latino y pista de baile
Sanremo recibe un contraste claro: merengue urbano bailable, ligero, enérgico, contemporáneo. Su fuerza está en el impacto inmediato y en la capacidad de animar la sala. Aporta variedad y demuestra que el festival también puede mirar fuera del repertorio clásico sin perder coherencia.
Elettra: diva total, abanicos y objetivo cumplido
Elettra llega con un hittone de festival: estribillo pegadizo, guiños a la tradición pop italiana y referencias evidentes a la Carrà. La puesta en escena es teatral y consciente: diva total, abanicos incluidos, interacción directa con público y prensa.
No busca complejidad: busca eficacia y espectáculo. Y lo consigue. Luminosa, carismática y perfectamente calculada.
Rap y urbano en el Ariston: identidad, nicho y transversalidad
Fedez y Masini: complementariedad y redención bien medida
El dúo funciona por suma de fuerzas: Fedez aporta pulso rítmico y contemporaneidad; Masini, densidad melódica y dramatismo vocal. Rap y melodía se integran sin sensación de collage.
La progresión hacia una luminosidad final transmite redención. Más brillante que propuestas anteriores del propio Fedez, con emoción que se percibe genuina. Catártica y calculada a partes iguales.
Dargen: ironía reconocible, falta un golpe de efecto
Universo Dargen en estado puro: ironía, comentario social lúdico y fraseo característico. Estructura apoyada en secciones rapeadas y un estribillo pensado para quedarse… aunque no termina de explotar como hit incontestable.
Sólida y divertida, pero algo plana en progresión dinámica. Se echa de menos un giro que rompa la linealidad.
Nayt: épica por acumulación que no termina de romper
Rap de progresión ascendente, base urbana bien construida, pensada para conectar especialmente con público joven. Se nota el trabajo dinámico: empieza contenido y va ampliando espectro sonoro.
Cuando entra en la zona sentimental, el impacto se diluye. Tensa la cuerda, pero no llega a romperla. Sólida dentro de su código, no necesariamente transversal.
Luché: atmósfera cuidada, pero más de nicho
Rap oscuro y sentimental con diseño lumínico y sonoro trabajado, buscando matices y ampliación expresiva. Coherente y correcta, pero la conexión emocional no termina de producirse fuera de su público natural. Se siente más de nicho que transversal en el contexto del festival.
Tredici Pietro: entre la afirmación y la sombra del apellido
Propuesta urbana con componente melódico y actitud desafiante sostenida. Hay intención de desgarro vocal y de carácter, pero también se percibe la presión.
Vocalmente cumple, aunque no siempre desde la comodidad. Y la narrativa del «hijo de» sobrevuela el Ariston y condiciona la recepción: incluso el exceso de entusiasmo genera reacción. Se mueve entre la afirmación de identidad propia y una sombra inevitable.
Pop, rock y “sanremización”: cuando adaptarse tiene precio
Sal Da Vinci: tormentone generacional y karaoke inmediato
Target clarísimo. Sal Da Vinci entrega un auténtico tormentone generacional, himno festivo instantáneo, canción de karaoke y coro sin complejos. Tradición melódica italiana en clave popular, con carisma escénico intacto e interacción constante.
¿Ganará? Probablemente no. ¿Sonará todo el verano? Es difícil imaginar lo contrario.
LDA y Aka 7even: tradición popular en clave joven
Arranque con aroma napolitano identificable y vocación popular clara. Pegadiza, efectista y sorprendentemente sólida en arreglos y ejecución vocal. Hay química generacional: comparten territorio con la tradición festiva de Sal Da Vinci, pero desde un código más contemporáneo.
No reinventan el formato, pero lo actualizan con solvencia. Sin expectativas, el impacto crece.
Enrico Nigiotti: familiaridad y ruptura final con sensación fría
Concepto del paso del tiempo, arreglos iniciales con aire onírico y un crescendo hacia ruptura emocional final. La progresión está bien planteada, pero deja una impresión algo fría pese a la intención dramática. Parte del desarrollo roza lo efectista.
Chiello: pop-rock dosmilero honesto, algo apagado
Balada pop-rock de espíritu 2000s, indie y nostálgica, sin grandes artificios. Visualmente atractiva, musicalmente algo apagada frente a la competencia. Honesta, pero no irrumpe.
Bambole di Pezza: buena canción, duda de identidad
Balada rock femenina con buena base melódica y potencial memorabilidad. Pero se percibe «sanremización«: una adaptación al formato que resta identidad.
Falta contundencia y cohesión escénica. Más que banda compacta, se siente como solista respaldada. La duda no es la calidad, sino si es la canción adecuada para ellas.
Francesco Renga: promesa estética que se queda a medias
Arranque con base electrónica que insinúa actualización estética, pero el estribillo vuelve al canon sanremense más reconocible. Producción que parecía apuntar a algo más audaz y termina resolviendo cómodo. Correcta, pero menos valiente de lo que prometía.
Tommaso Paradiso: coherencia sin sorpresa
Melodía limpia, letra introspectiva, nostalgia dirigida a su público. Bien ejecutada, agradable, emocional sin riesgo. En un año tan cargado de baladas, cuesta que sobresalga.
Maria Antonietta y Colombre: entrañable y dulce, sin clímax
Debut con sonido «enamorizable«, inevitablemente cercano a la línea Coma_Cose. Dulce, fácil, con carisma. Pero falta el golpe memorable que transforme la canción en himno instantáneo. Se queda en zona amable y segura.
Eddie Brock: balada potente, interpretación insuficiente
Balada de manual con arreglos potentes, incluso con tintes rock. La arquitectura está. La interpretación, no termina de estar a la altura cuando la canción se abre. Además, se percibe adaptación al ecosistema del festival más que identidad propia. Correcta, pero sin encaje pleno.
Conclusión: una edición que se decidirá por contraste
La general dibuja un Sanremo 2026 con mucha balada, mucho oficio y un riesgo que, cuando aparece, se vuelve oro. En ese marco, hay actuaciones que cambian el aire (Ditonellapiaga, J-Ax, Malika, Elettra, Samurai Jay) y otras que apuestan por el arma más sanremense: la emoción auténtica (Arisa, Serena Brancale, Levante).
Si algo queda claro es esto: en una edición saturada de tempos medios, ganará quien consiga ser memorable. Por un estribillo imposible de olvidar, por una idea escénica que reordene la noche o, simplemente, por un instante de verdad que atraviese la sala y la pantalla.
¿Cómo funciona el Festival de Sanremo 2026?
Dada la magnitud y el impacto de este festival, en ESCplus hemos creado este artículo para despejar todas tus dudas y ayudarte a disfrutar al máximo de la mayor celebración de la música y la televisión italiana.
Además, también tienes una guía completa para poder conocer en detalle a los 30 artistas que participan en la competición, mecánica e historia del formato y scoreboards para poder emitir tus propias valoraciones.
Sanremo, el gran festival de la música italiana
El Festival de Sanremo es un certamen musical italiano nacido en 1951 con el objetivo de revitalizar la ciudad de Sanremo tras la Segunda Guerra Mundial y promover la canción italiana. Sus primeras ediciones se celebraron en el salón de fiestas del Casino de Sanremo, en un formato muy distinto al actual, con pocas canciones, intérpretes fijos y un ambiente más cercano al de un recital que al de un gran espectáculo televisivo.
Durante sus primeros años, el festival contribuyó decisivamente a la creación y consolidación de la canzone italiana moderna. Las canciones eran interpretadas por varios artistas para destacar la composición por encima del intérprete, y el certamen ayudó a lanzar carreras legendarias y a establecer estilos que marcarían la música popular del país durante décadas. Con el paso del tiempo, Sanremo comenzó a ganar una enorme repercusión mediática gracias a la radio y, posteriormente, a la televisión, convirtiéndose en un acontecimiento nacional.
A lo largo de los años sesenta y setenta, el festival fue adaptándose a los cambios sociales y musicales del país. Se incorporaron nuevos géneros, se dio mayor protagonismo a los intérpretes y se abandonó progresivamente el modelo original de canciones duplicadas. En 1977 se produjo un cambio clave en su historia con el traslado definitivo al Teatro Ariston, un espacio que desde entonces se ha convertido en símbolo inseparable del certamen.
En las décadas posteriores, el Festival de Sanremo siguió evolucionando tanto en formato como en propuesta artística. Se introdujeron distintas categorías, fases eliminatorias y sistemas de votación, alternando ediciones más tradicionales con otras más experimentales. El festival también se consolidó como una plataforma fundamental para descubrir nuevos talentos, como Laura Pausini, Eros Ramazzoti, Arisa o Mahmood, al tiempo que mantenía la presencia de artistas consagrados, equilibrando innovación y tradición.
En su 71ª edición, celebrada en 2021, el grupo Måneskin se alzó con la victoria gracias a Zitti e buoni, una propuesta energética y rupturista que evidenció la capacidad del festival para adaptarse a las corrientes musicales contemporáneas y conectar con audiencias más jóvenes.
En la edición de 2025, la ganadora fue Olly con «Balorda Nostalgia», una balada de gran carga emocional que explora una nostalgia confusa y melancólica, centrada en la idealización de recuerdos y de un amor ya concluido. La sensibilidad de la letra y la interpretación íntima fueron claves para su triunfo.
Más de siete décadas después de su creación, el Festival de Sanremo continúa siendo una referencia cultural imprescindible en Italia, un espacio donde la música refleja la evolución de la sociedad y donde cada edición escribe un nuevo capítulo en la historia de la canción italiana.

